¿Y si el mejor Estado fuera el que casi no se nota?
Durante buena parte del siglo XX discutimos una misma pregunta: ¿qué tamaño debería tener el Estado?
Hubo quienes defendieron un Estado grande, convencidos de que debía intervenir activamente para garantizar derechos, reducir desigualdades y conducir el desarrollo económico.
Otros sostuvieron la necesidad de un Estado más pequeño, limitado a funciones esenciales y respetuoso de la iniciativa privada.
Con el paso del tiempo, esa discusión evolucionó. En muchos países comenzó a hablarse de un Estado presente, capaz de acompañar a los ciudadanos en los momentos más difíciles. Más recientemente apareció otra expresión interesante: la del Estado suficiente, entendida como un Estado que interviene cuando corresponde, sin ocupar espacios que la sociedad puede resolver por sí misma.
Sin embargo, me pregunto si la revolución tecnológica que estamos viviendo no nos obliga a plantear una pregunta completamente distinta.
¿Y si el mejor Estado fuera aquel que casi no se nota?
No hablo de un Estado ausente.
Mucho menos de un Estado indiferente.
Hablo de un Estado cuya presencia se manifiesta por la calidad de sus resultados y no por el peso de su burocracia.
La idea apareció inesperadamente mientras recordaba un personaje de ficción que muchos conocimos durante nuestra infancia: el Hombre Invisible.
Su extraordinario poder no consistía en desaparecer de la realidad. Al contrario. Estaba allí. Actuaba. Protegía. Influía sobre los acontecimientos. Lo único que desaparecía era su necesidad de ocupar el centro de la escena.
Su invisibilidad no era ausencia.
Era eficacia.
Quizás ese mismo concepto pueda ayudarnos a imaginar el Estado del siglo XXI.
Porque el ciudadano no necesita comprobar todos los días que el Estado existe.
Lo que necesita es que funcione.
Que la ambulancia llegue cuando hace falta.
Que la escuela abra sus puertas.
Que la justicia responda.
Que la policía proteja.
Que las rutas estén en condiciones.
Que el agua potable salga del grifo.
Y que, cuando tenga que hacer un trámite, no deba perder una mañana entera para demostrar información que el propio Estado ya posee.
La tecnología hace posible, por primera vez en la historia, construir administraciones públicas capaces de integrarse entre sí, compartir información de manera segura y evitar que el ciudadano cargue sobre sus espaldas los problemas de organización de la burocracia.
Digitalizar formularios ya no alcanza.
El verdadero desafío consiste en lograr que el Estado deje de ser una experiencia burocrática para convertirse en un servicio casi imperceptible.
Podríamos llamarlo Estado Invisible.
Un Estado que aparece cuando realmente lo necesitamos y que desaparece cuando ya cumplió su función.
En realidad, esta idea encuentra fundamento en un principio clásico del pensamiento político: el principio de subsidiariedad.
La sociedad posee una enorme capacidad para resolver muchos de sus propios problemas mediante las familias, las organizaciones civiles, las empresas, las cooperativas, las iglesias, las universidades y tantas otras instituciones intermedias.
El Estado no debería sustituir aquello que la propia sociedad puede hacer correctamente.
Su misión comienza allí donde esas capacidades resultan insuficientes para proteger el bien común.
Pero existe otra consecuencia de esta idea que quizás sea todavía más interesante.
Si aspiramos a un Estado Invisible, también necesitamos gobernantes capaces de ejercer un liderazgo invisible.
Vivimos tiempos en los que muchos dirigentes parecen convencidos de que gobernar consiste en aparecer todos los días en los medios, inaugurar obras permanentemente, hablar de todo y ocupar el centro de la escena.
Tal vez ese también sea un modelo político que está llegando a su límite.
Los mejores gobiernos rara vez necesitan exhibirse.
Cuando una ciudad está limpia, pocas personas saben quién organizó el servicio de recolección.
Cuando una enfermera nos atiende durante una guardia nocturna, probablemente nunca volvamos a recordar su nombre.
Cuando el trabajador municipal barre nuestra calle antes del amanecer, casi nunca pensamos en él.
Cuando alguien mantiene funcionando silenciosamente una planta potabilizadora o una red eléctrica, su trabajo pasa completamente desapercibido.
Sin embargo, basta que falten un solo día para comprender cuánto dependemos de ellos.
Son invisibles.
Pero imprescindibles.
Quizás allí encontremos una de las mayores enseñanzas para la política contemporánea.
El mejor servidor público no es necesariamente el más famoso.
Es aquel cuya tarea permite que millones de personas vivan mejor sin advertir siquiera el enorme esfuerzo cotidiano que hizo posible esa normalidad.
La política debería aspirar exactamente a eso.
A construir instituciones tan sólidas que la atención deje de concentrarse en los gobernantes y vuelva a dirigirse hacia la comunidad.
El verdadero protagonista nunca debería ser quien administra el poder.
El verdadero protagonista siempre debe ser el ciudadano.
Durante demasiado tiempo discutimos si queríamos un Estado más grande o más pequeño.
Tal vez esa ya no sea la pregunta correcta.
La verdadera discusión del siglo XXI consiste en decidir qué tan visible necesita ser un Estado que funciona bien.
Creo que la respuesta es sencilla.
Lo suficiente para proteger nuestros derechos.
Lo suficiente para garantizar justicia, seguridad, educación y salud.
Y lo suficientemente invisible como para no convertirse en un obstáculo permanente para quienes simplemente quieren vivir, trabajar, emprender y construir su propio proyecto de vida.
Porque quizás el mayor elogio que pueda recibir un gobierno no sea que todos hablen de él.
Sino que nadie tenga necesidad de hacerlo.
Simplemente porque todo funciona.